Horror e ira adormecidos por el tiempo


Foto: Pol Pot caminando en un jardín de Beijing en la década de los 80.

Tribunal a los jemeres rojos

1ero de diciembre de 2007 — Por John McBeth, escritor del The Straits Times de Singapur, publicado por Khmerization, traducido por Albeiro Rodas.

LO peor acerca de la larga espera para el tribunal a los jemeres rojos es el modo en el cual el tiempo ha roido los sentimientos de ira y horror que la gente una vez sintió, dejandonos con una mirada casi ambivalente a las imágenes de esos frágiles viejos líderes que volvieron a Camboya en una tumba medioeval. El antiguo camarada número dos del  Partido Comunista de Kampuchea, Nuon Chea, el exprimer ministros Khieu Samphan, el ministro de relaciones exteriores Ieng Sary y su esposa, la ministra de asuntos sociales Ieng Thirith, establecen su amarga protesta de inocencia, cerca de tres décadas después del colapso de un regimen que asesinó 1.7 millones de camboyanos. También está Kaing Guek Eav, mejor conocido como Duch, el hombre de los buenos modales que dirigó el centro de detenciones Tuol Sleng the Phnom Penh en donde 17 mil detenidos fueron torturados a muerte – muchas de ellas víctimas de una purga interna en contra de lo que se percibía como elementos provietnamitas dentro de los rangos jemer en 1977. Estas personas son moustros y sin embargo, aún la evidencia de sus crímenes contra la humanidad, todavía quedan dudas si todos los jueces camboyanos sentados en el tribunal establecido por las Naciones Unidas harán justicia a la medida. El jefe del Partido Comunista, Pol Pot, murió en la jungla del noreste de Camboya en 1998, pero antes le dijo al periodista Nate Thayer: “Míreme ahora… ¿usted piensa… que soy una persona violenta? No. Por lo tanto, en cuanto a mi conciencia y mi misión se refiere, no hay problema. Me lamento que no tuve suficiente experiencia para controlar completamente el movimiento – y continúa – por otro lado, con nuestras luchas permanentes, esto tuvo que ser hecho… detener a Kampuchea en volverse vietnamita. Por el amor de la nación fue lo más correcto de hacer, pero en el camino de nuestras acciones cometimos errores”.

Es importante recordar esas palabras porque son quizás las que más se acercan para que podamos comprender las motivaciones de un grupo de líderes cuya radicalidad ideológica y locas ideas parece que fueron modeadas durante los días que estudiaron en Francia. Aquellos de nosotros que cubrimos eventos desde Tailandia al final de la década de los 70 nos preguntamos qué tipo de personas fueron aquellas que querían volver a Camboya al Año Cero.  Mi primer encuentro cara a cara con los jemeres rojos fueron dos días después de la Caida de Phnom Penh, cuando ellos aparecieron en un sucio convoy en la frontera occidental en la aldea de Poipet dirigidos por una flota de limusinas Mercedes. Recordaré siempre aquellos jóvenes guerrilleros vestidos de negro que nos ordenador entrar a Tailanda mientras nos apuntaban con rifles AK-47. Fueron sus ojos, duros en lo que se conocía como la “mirada de las mil yardas”. Duros, inexpresivos, que producían miedo. Después ver su trabajo dos años después, cuando masacraron a los habitantes de dos caseríos de la frontera tailandesa al norte de Aranyaprathet, cortando las gargantas de los niños y sacudiendo sus cuerpos como muñecos de trapo. Y los volvería a observar de nuevo en un cuartel cercano en 1979, cuando se refugiaron en Tailandia después de una avanzada de las fuerzas vietnamita. En cuanto levanté mi cámara con mi teleobjetivo, una columna de la guerrilla salió de su escondite de la selva a lo largo de la carretera como un solo hombre. Pero muchos de nosotros, cualquier periodista cubriendo la frontera aquellos días, recuerda los rostros de los refugiados. No aquellos en los campos, sino aquellos que acababan de salir de la pesadilla y estaban sus primeras horas en una estación de policía tailandesa. Tenían el mismo terrible modo de mirar. Hay dos camboyanos que recuerdo más que cualquier otro. Uno era un campesino quemado por el sol de nombre Lamout Chhuon, el otro un soldado de los jemeres rojos de 21 años de edad llamado Chek Win. Los dos, cada uno en su desapacionado modo, parecían haber sumado el horror de Camboya. El señor Chhuon, entonces 38 años, estaba entre la población completa de una aldea de 268 personas que huyeron una noche mientras los guardias dormían y se dirigieron en masa a la frontera tailandesa. Sólo 65 sobrevivieron el camino de cuatro días. Cinco hijos del campesino fueron asesinados por el camino. Nuestra entrevista de mediados de 1977 duró desde el mediodía hasta el atardecer, especialmente porque el señor Chhuon y su esposa que se lucían psicológicamente 15 años mayores de su edad real, estaban destruidos y no podían comprender porqué estábamos tan interesados en sus vidas bajo los jemeres rojos.  Era el tiempo en el cual muchos intelectuales occidentales continuaban a declarar que todo lo que los periodistas establecidos en Bangkok escribían eran mentiras acerca de Camboya, parte de una campaña de desinformación ingeniada por la Agencia Central de Inteligencia de los EEUU. Cuántas veces hube de oir eso en mi carrera. Una hora con esta pobre e ileterada pareja les diría todo lo que ellos necesitaban saber. Pero ellos prefieren sus teorías de conspiración y sus idealísticos puntos de vista de una revolución camboyana. Ninguno se molestó en ir a la frontera a hablar con los refugiados hasta que Vietnam invadió a Camboya y resultó politicamente correcta tomar partido. Muchos de esos escépticos ciegos fueron después invitados a Camboya por Vietnam y regresaron con lo que clamaban eran los exclusivos recuentos de los excesos del regimen de los jemeres rojos. Lo hicieron tres años demasiado tarde. Nada de lo que ellos escribieron era sorpresa. Tome al señor Win, el soldado jemer rojo que huyó de Camboya para escapar de la purga. Me contó con detalle su rol en la masacre de 70 oficiales del regimen de Lon Nol detrás de una escuela en la carretera que va de Siem Riep al complejo del templo de Angkor Wat. Me dijo que ayudó a amordazar las manos de las víctimas después de que fueron llevadas al bosque al borde de una recién escavada fosa y después golpeados hasta morir con las palas y los azadones. Cuando los verdugos se cansaron, recuerda él, las 30 víctimas restantes fueron ejecutadas a fuego de revolver. Recuerdo cómo mi cabello se erizó cuando pasé por esa escuela en 1995. Un aviso en la puerta decía que fue el escenario de una fosa común. Era difícil determinar si la fosa había sido alterada, pero cada cosa estaba como fue descrita por el señor Win. De nuevo, cuántas veces fue dicho que los refugiados no eran para ser creidos, que sus historias eran fabricación. Decían que posiblemente después en el campo ellos habían embellecido un poco sus recuentos, pero no en esos primeros días. Por todo el derramamiento de sangre que se llevó a cabo, es sorprendente que pocos refugiados entrevistados habiesen sido testigo de un asesinato. La gente simplemente desaparecía durante la noche. En algunos casos, los soldados de los jemeres rojos conducían a alguno dentro de la selva y regresaba solo, sus sandalias salpicadas de sangre. Sus líderes, o al menos un pequeño grupo de ellos, podrán responder por uno de los peores crímenes contra la huanidad en el último siglo. ¿Pero qué pasó con todos los seguidores que hicieron de las suyas? Habian jemeres rojos de clase baja que querían ser asimilados en la sociedad y que temían ser identificados, dijo el señor Im Vin, mi amigo camboyano cuya esposa y familia desaparecieron en una masacre cerca del río Mekong en el poblado de Kratie en 1977. “Salieron de las selvas y, en lugar de ir a sus aldeas nativas, fueron a lugares diferentes de manera que podían enviar sus niños a las escuelas sin ser identificados. Se dieron cuenta que habían tomado el partido errado y de alguna manera se sintieron apenados por ellos”.

Es lo que quiero decir. Éramos solo horrorizados observadores. Mi amigo vivió el horror. Y aún así aquí está, viviendo feliz con su segunda esposa camboyana y tres hermosas hihas en Portland, recientemente retirado de su trabajo de sistemas con Nike y al parecer libre de su pasado. “Espero que logremos algún sentido de este tribunal”, el antiguo profesor me dijo el año pasado en un correo electrónico. “Sin embargo, no todos los asesinatos fueron hechos como producto de órdenes directacas de la cúpula, porque los camaradas locales tomaron partido de la situación para aprovecharse de la gente que no les gustaba”.

Pero aunque los líderes de la máxima cúpula no dieron todas las órdenes, ellos sabían con toda seguridad lo que estaba pasando y no hicieron ni dijeron nada para detenerlo, le estaban dando a eso luz verde. Todavía tengo esperanzas en que el tribunal derramará alguna luz sobre lo que hizo el régimen. “El pasado mayo, el señor Vin tomó a sus niñas a Camboya para mostrarles cómo escaparon ellos a Tailandia en donde lo encontré por primera vez en el campo de refugiados de Ubon Ratchathani hace muchos años. Almenos ellas entenderán algo de lo que su padre y millones de sus compatriotas tuvieron que vivir. Era algo que él tenía que hacer.

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Un pensamiento en “Horror e ira adormecidos por el tiempo

  1. La verdad que lei un libro de un periodista que escribio el horror de esta guerra y la verdad que me siento muy afligida, me pregunto donde estaban las naciones unidas en aquella epoca, los estados unidos ellos que son tan defensores de la libertad.
    Pero bueno ya acabo y los culpables deben pagar sus culpas y expropiar sus bienes para asi dar tto sicologico a la victimas de este horror.

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