Duch: “Os pido perdón…”


...sé que no podéis perdonarme, pero os pido dejarme la esperanza de que podéis". (AP Photo/Heng Sinith)

...sé que no podéis perdonarme, pero os pido dejarme la esperanza de que podéis". (AP Photo/Heng Sinith)

Por François Bizot | Traducción Albeiro Rodas | Traducido del francés al inglés por The New York Times

Después de 10 años de detención, Kang Guekauv, alias Camarada Duch, apareció el jueves ante la Cámara Extraordinaria de la Corte de Camboya con cargos de crímenes de guerra y crímines contra la humanidad. Fue arrestado en 1999, después de 20 años de vivir de incógnito, por crímenes cometidos bajo sus órdenes como comandante de la prisión Tuol Sleng en Phnom Penh entre 1975 y 1979, cuando los jemeres rojos controlaban Camboya y se hicieron culpables de la muerte de más de un millón de personas.

Fui su prisionero por tres meses en 1971, en un campamento conocido como M13 oculto en los Montes Cardamomos.


Hacía trabajo de campo en áreas rurales camboyanas en búsqueda de antiguos manuscritos del budismo jemer, cuando fui rodeado por militantes de los jemeres rojos que combatían al gobierno camboyano que era soportado por los Estados Unidos. Fui acusado de ser un espía de la Agencia Central de Inteligencia y sentenciado a muerte.

Duch estaba encargado del campamento en medio de la jungla y era al mismo tiempo mi carcelero y mi juez. Estuve siempre encadenado e interrogado por él. De alguna manera, durante los extraños diálogos que comenzaron entre nosotros, se convenció que en realidad era un francés que quería estudiar textos budistas. Duch se propuso dejarme libre. Mis dos asistentes camboyanos no tuvieron la misma fortuna: aunque Duch me lo prometió, fueron ejecutados tan pronto como dejé el campamento, como miles que lo serían en los años siguientes bajo su meticulosa supervisión.

No volví a ver a Duch hasta 2003 en la prisión militar de Phnom Penh. Las condiciones eran rudimentarias, pero el ambiente general no era de una cárcel. Recuerdo que tenía el mismo aire de determinación que había mostrado 32 años atrás, aunque la sonrisa ocasional que me había dado, había desaparecido.

En la turbulencia de conflictos emocionales que me causaba verlo de nuevo, le pregunté: “¿Cómo están las cosas aquí? ¿Todo está bien?”

Obligado a repetir la pregunta, sentí su incongruencia. El verdugo estaba ahora al otro lado de la puerta, tal como lo veía en mis sueños, en el lugar que ocuparon sus víctimas.

En julio de 2007 fue transferido a una de las ocho celdas del centro de detención que es parte de un vasto complejo en donde la corte para los crímenes de guerra está localizado y para cuando su juicio tenga lugar.

Lo visité allí. En ese tiempo disfrutaba de una relativa comodidad en su nuevo lugar. Otros cuatro ancianos de los jemeres rojos estaban también allí detenidos. Estaban bien cuidados: comida, celdas, una sala de televisión, una sala de visitas – todo estaba en acuerdo con las reglas internacionales, suficiente para poner a los guardias celosos.

Pero es posible que Duch hoy se haya arrepentido de haber tenido que dejar el tedio de la prisión militar. Después de años de estancamiento y meses de toda una investigación preliminar, el juicio que pocas personas querían está por comenzar. El sonido del timbre para la preparación de este en el centro de detención es como si fuera para una ejecusión.

La pena capital, la cual ordenó Duch por los menos 12 mil 380 veces, no existe en los tribunales de la ONU como este. Su condena no tendrá el muy familiar tono de inmediatés del hacha de los jemeres rojos sobre la nuca, pero su sentencia será larga e incesante.

Lo peor que él pueda asumir no es la prisión en sí misma, sino buscar razones para desaparecer. Su vida ahora se revuelve en la visita de sus hijos, un derecho que fue negado a sus víctimas, y la fe en el proceso judicial – un proceso que no existía en Tuol Sleng.

Duch no levantó ninguna objesión a su juicio. En su corazón está el mismo miedo de cada una de sus víctimas – miedo antiguo que no ha cesado de atacar a todo hombre. En cambio admitió su culpa, se inclinó con humildad ante el horror que había cometido.

En febrero pasado, Duch fue llevado con su consentimiento a la escena de sus crímenes. La visita fue un choque para todos los que la vieron. Este gran paso judicial tomó lugar en una atmósfera de intensa y palpable emoción.

“Os pido perdón – sé que no podéis perdonarme, pero os pido dejarme la esperanza de que podéis”.

Dijo antes de colapsar en llanto sobre el hombro de uno de sus guardias.

No estuve allí – esto fue algo que oí -, pero aquellos que estuvieron reportaron que el llanto de uno de los antiguos verdugos contrastó con semejante sufrimiento, que uno de los pocos sobrevivientes gritó:

“He aquí las palabras que había añorado oir desde hace 30 años”.

Es posible que el perdón sea posible después de un simple y natural proceso, cuando la víctima sienta que ha sido compensada. Y el verdugo tiene que pagar bien, porque su sufrimiento es la prueba que suaviza el nuestro sufrimiento.

Pero no hagamos el tonto. Más hayá de los crímenes que Duch cometió en contra de la humanidad, aquellos de los jemeres rojos también serán juzgados. Y más hayá de los crímenes de los jemeres rojos, la capacidad de los tribunales de impartir justicia será puesta a prueba, así como nuestra habilidad de juzgar al hombre mismo y a la historia. Todos debemos estar en el juicio – no sólo como jueces, también como víctimas y acusados.

El genocidio de los jemeres rojos será juzgado como un “crimen en contra de la humanidad”, un crimen en contra de nosotros mismos.

Como tal, la culpabilidad de Duch excede a la de sus víctimas inmediatas y se convierte en la culpa de la humanidad, en el nombre de todas las víctimas. Duch mató al hombre. El tribunal de los jemeres rojos debe ser una oportunidad para que cada uno de nosotros mire la tortura con una cierta distancia – más allá del grito de intolerancia del sufrimiento que debe descubrir la verdad de la abominación. El único modo de ver la tortura, es humanizándola.

Título original en inglés “The Only Way To Look at the Torture Is To Humaniza Him“, de un ensayo de François Bizot en francés, “The Gate” (La Puerta), traducido al inglés por The New York Times. Este artículo aparece en la página 35 de The Cambodia Daily del 18 de febrero de 2009. Puede ser reproducida esta traducción de Albeiro Rodas con la mención de todas estas fuentes.

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