Cuando se vive de la historia


Sihanoukville | CamEs. Lo cierto es que cuando las tragedias de la historia se vuelven museos, entonces se puede presumir la paz, aunque ello no represente aún la justicia. Existen muchas formas de paz: la paz de las víctimas, la paz de los victimarios, la paz del olvido o la paz de la justicia.

Pero también existe la paz del comercio, una de esas actividades antiguas del hombre. Primero todo está normal en lo posible. Después llegan unos cuantos que piensan que no, que no es normal y que ellos van a arreglar el asunto. Buscan el poder del comercio o de las armas y crean una guerra para tomarse el poder.

Después vienen las tragedias: torturas, genocidios, desplazados, bombardeos, violaciones… Entonces pasan los años hasta que el mal sucumbe ante su propio peso, pues nadie hace nada por esas cosas de “respetar la soberanía de los pueblos” y el “derechos a decidir por sí mismos” como matarse y torturarse. Entonces llegan los periodistas, los historiadores, las autoridades internacionales y se hacen juicios que lo son de muchos tipos y formas. Y por último regresa el comercio de nuevo y abre los espacios de exhibición con el dolor del pasado.

Nos quedamos entonces en un terreno medio: por una parte es necesario mostrar al mundo lo que pasó en definitiva para que no vuelva a ocurrir, para aprender las lecciones de la historia. Por el otro lado están los que monopolizan los hechos y comienzan a vivir de ello.

Si usted quiere una entrevista de un sobreviviente de S-21, la terrible prisión de los jemeres rojos en donde fueron torturadas por lo menos 20 mil personas entre 1975 y 1979, la tarifa se cotiza en la actualidad en 100 dólares. Obviamente usted no puede negarse ante la evidencia que la persona ante la cual usted se encuentra es una de los pocos 12 sobrevivientes de la infernal prisión. La tarifa es la misma si usted quiere hacer en cambio una entrevista a Heng Huy, el carcelero de S-21.

Poco habría qué comentar acerca de la cuidadosa forma en que se cobra el ingreso al Museo del Genocidio para extranjeros, el cual se embellece cada vez más, se le crean zonas de descanso, se acondicionan los servicios y puedo predecir que en pocos años se comprarán las tierras adyacentes para construir un mejor parqueadero, un moderno restaurante y quién sabe qué otras cosas para el turismo del macabro que quiera ver las fotos de los rostros ensombrecidos de las víctimas de S-21.

Nhem En, quien es en realidad el autor de todas las fotografías de Tuol Sleng, piensa ahora entrar en el negocio de la historia y abrir su propio museo en Anlong Veng, la capital de la provincia de Oddar Meanchey, el último territorio de combate de los jemeres rojos. Cuando las víctimas eran internadas en Tuol Sleng, Nhem En era el encargado de tomar sus fotografías y lo hacía además cuando eran torturadas y cuando eran llevados a ejecusión.

Ahora dice que es gracias a sus fotografías que existen las mejores evidencias para cualquier juicio histórico a los jemeres rojos y que era su trabajo en aquellos años, situación a la cual no podía negarse. La declaración es completamente cierta, pues nadie podía negarse en un sistema que ejecutaba a cualquiera por cualquier cosa. Pero ahora el fotógrafo de Tuol Sleng comprendió cuán jugosa puede ser la renta para una figura histórica como él, testigo directo de los crímenes por los que se juzga a la máxima cúpula de los jemeres rojos.

Cerca de la frontera con Tailandia, la ciudad casi selvática que vio los últimos días de Pol Pot, será seguramente pronto un territorio abierto al turismo y los visitantes tendrán en el museo de Nhem En una prueba de primera mano de los difíciles años de la guerra en Camboya.

Pero Nhem En no está solo en sus proyectos empresariales: organizaciones, institutos, centros de documentación, autores, librerías, videos y todo cuanto sea vendible se toma a Camboya doquier. Basta decir que se fue una víctima de los jemeres rojos y ponerse en el sitio indicado para percibir su propio capital. Incluso el mismo tribunal ya tiene sus propios rumores de ser un espacio para el desarrollo económicos de ciertos individuos.

Una cosa sí es cierto: es mejor eso al olvido, aunque esto se vaya volviendo poco a poco de tragedia a comedia.

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2 pensamientos en “Cuando se vive de la historia

  1. Es inevitable que ocurran ese tipo de cosas, la comercialización de un pasado doloroso, pero indudablemente ayuda a que zonas que quedaban “malditas” por su pasado puedan reabrirse al mundo aunque sea en forma de turismo. Eso es muy común en zonas de la segunda guerra mundial, como los campos de concentración. ¿Podemos dudar de la ética de tales acciones? Yo creo que no, siempre que se mire el beneficio a la población local y la terapia que supone el hablar de lo ocurrido; aunque sea a costa de trivializar el dolor del pasado.

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